Educación superior: el aula ya no tiene un solo lugar

La educación superior en Colombia atraviesa una transformación silenciosa pero acelerada. La formación virtual, que hace apenas una década ocupaba un lugar marginal en la oferta académica, hoy captura una porción creciente de las matrículas universitarias y se consolida como una vía legítima —no de segunda categoría— para acceder a un título profesional.

El fenómeno no es casual. Responde a una demanda real: personas que trabajan y no pueden ausentarse de su empleo para asistir a clase, jóvenes en municipios alejados de los grandes centros urbanos, adultos que retoman estudios después de años de pausa. Para todos ellos, la virtualidad no es una alternativa cómoda, sino muchas veces la única puerta de entrada al sistema educativo.

Pero sería un error leer este crecimiento como el anuncio de una universidad presencial en extinción. Lo que está ocurriendo es más matizado: una recomposición del mapa educativo en la que lo presencial y lo digital dejan de ser categorías opuestas para convertirse en piezas de un mismo modelo. La pregunta que enfrentan hoy las instituciones ya no es virtual o presencial, sino qué combinación de ambas sirve mejor a cada tipo de estudiante.

Ahí aparece el verdadero desafío, y no es menor. Ampliar la oferta virtual es la parte fácil; sostenerla con calidad es la difícil. Un programa en línea que prescinde del acompañamiento cercano, de la interacción real entre estudiantes y docentes, y de mecanismos sólidos para desarrollar competencias, no es una alternativa educativa: es una simulación de ella. Las universidades que se limiten a trasladar sus clases a una plataforma sin repensar su pedagogía corren el riesgo de multiplicar cobertura sacrificando profundidad.

El resultado de esta transición dependerá, en buena medida, de qué tan dispuestas estén las instituciones a invertir no solo en tecnología, sino en los procesos —tutorías, evaluación, seguimiento— que hacen que aprender a distancia sea aprender de verdad. Para los estudiantes, el panorama se abre. Para las universidades, se complica. Y ese es, quizás, el signo más claro de que el cambio es real: ya no hay una sola forma correcta de tener un aula.

Fuente: elaboración editorial de EduLogic a partir de información publicada sobre las tendencias de matrícula en educación superior en Colombia.

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